lunes, 10 de diciembre de 2012
Mejora Tu Autoestima
Una parte importante de nuestra autoestima viene determinada por el balance entre nuestros éxitos y fracasos. En concreto, lograr lo que deseamos y ver satisfechas nuestras necesidades proporciona emociones positivas e incrementa la autoestima.
Se ha apuntado como una forma de mejorar la autoestima el esforzarse para cambiar las cosas que no nos gustan de nosotros mismos. Vamos a trabajar sobre un método que puede hacer más fácil estos cambios. Este método está compuesto por cuatro pasos fundamentales:
Pasos para conseguir lo que se desea.
- Plantearse una meta clara y concreta.
- Establecer las tareas que se deben realizar para lograrla.
- Organizar las tareas en el orden en que se deberían realizar.
- Ponerlas en marcha y evaluar los logros que se vayan consiguiendo.
domingo, 21 de octubre de 2012
Limitaciones del Metodo Cientifico
El método científico trata rutinariamente con aquellas cosas que son: (a) sin tiempo; (b) universales; (c) fiables; y (d) repetibles. Aquellas cosas que no calzan en estas categorías están fuera del reino de la ciencia. El eminente biólogo Paul Weisz, en su texto, Elements of Biology (Elementos de la Biología), declaró que “los eventos en la tierra de una-sola-vez están fuera de la ciencia” (1965, p. 4). John N. Moore ha observado que “en el corazón del método o métodos científicos está la repetición o reproducibilidad experimental” (1973). Simpson lo declaró en esta manera:
La distinción importante entre la ciencia y aquellas otras sistematizaciones (las artes, filosofía, y la teología) es el hecho que la ciencia es auto-probativa y auto-correctiva. La probación y la corrección son hechas por medio de las observaciones que pueden ser repetidas con esencialmente los mismos resultados por personas normales operando por los mismos métodos y con el mismo enfoque (como citado en Moore, 1973).
La distinción importante entre la ciencia y aquellas otras sistematizaciones (las artes, filosofía, y la teología) es el hecho que la ciencia es auto-probativa y auto-correctiva. La probación y la corrección son hechas por medio de las observaciones que pueden ser repetidas con esencialmente los mismos resultados por personas normales operando por los mismos métodos y con el mismo enfoque (como citado en Moore, 1973).
La ciencia es ignorante de los valores!!!
El ganador del premio Nobel Jacques Monod una vez declaró que “la ciencia es ignorante de los valores” (1969, p. 21). No existe nada inherente en el método científico que provea para la definición o estudio de la moralidad. Paul Little, en Know Why You Believe (Conozca Por qué Cree), dio justo en el blanco cuando escribió:
Debería ser reconocido que la ciencia es incapaz de hacer juicios de valor acerca de las cosas que mide. Muchos hombres en las fronteras de la ciencia se están dando cuenta que no existe nada inherente en la ciencia para guiarles a la aplicación de los descubrimientos que hacen. No existe nada en la ciencia misma que determinará si la energía nuclear será usada para destruir el cáncer o destruir ciudades. Es un juicio fuera del método científico el determinarlo (1967, p. 105).
Bales estuvo igualmente en lo correcto en su evaluación que: “el método científico no puede probar que tenemos alguna obligación de aceptar la verdad si la encontramos desagradable, o mostrar por qué no deberíamos aceptar la falsedad si podemos cambiarla para nuestra ventaja” (1976, p. 37). La ciencia simplemente no tiene el mecanismo (por definición de su propio método) para legislar la moral. No se quiere pretender implicar que los científicos trabajan sin moralidad o valores. Simplemente se pretende decir que cualquier moral o valor que poseen no fue derivado del método científico. La ciencia no está equipada para tratar con la moral.
Debería ser reconocido que la ciencia es incapaz de hacer juicios de valor acerca de las cosas que mide. Muchos hombres en las fronteras de la ciencia se están dando cuenta que no existe nada inherente en la ciencia para guiarles a la aplicación de los descubrimientos que hacen. No existe nada en la ciencia misma que determinará si la energía nuclear será usada para destruir el cáncer o destruir ciudades. Es un juicio fuera del método científico el determinarlo (1967, p. 105).
Bales estuvo igualmente en lo correcto en su evaluación que: “el método científico no puede probar que tenemos alguna obligación de aceptar la verdad si la encontramos desagradable, o mostrar por qué no deberíamos aceptar la falsedad si podemos cambiarla para nuestra ventaja” (1976, p. 37). La ciencia simplemente no tiene el mecanismo (por definición de su propio método) para legislar la moral. No se quiere pretender implicar que los científicos trabajan sin moralidad o valores. Simplemente se pretende decir que cualquier moral o valor que poseen no fue derivado del método científico. La ciencia no está equipada para tratar con la moral.
El método científico está limitado a decirnos “cómo” un proceso funciona, no “por qué”.
3. El método científico está limitado a decirnos “cómo” un proceso funciona, no “por qué”.
En su libro, Questions of Science and Faith (Preguntas de Ciencia y Fe), J.N. Hawthorne remarcó: “La ciencia nos puede dar el ‘saber-cómo’ pero no nos puede dar el ‘saber-por qué’” (1960, p. 4). J.D. Bales anotó:
El método científico es incapaz de tratar con el reino del propósito. Puede tratar con las relaciones de la causa y el efecto; o como alguno diría, puede tratar con la sucesión de los eventos en el tiempo. No puede tratar con el “por qué” cuando uno usa el término “por qué” con referencia al propósito (1976, p. 37).
La ciencia trata con el mecanismo, no con el propósito. “Por qué”—concerniente al propósito—no es una pregunta con la cual la ciencia esté equipada para responder.
En su libro, Questions of Science and Faith (Preguntas de Ciencia y Fe), J.N. Hawthorne remarcó: “La ciencia nos puede dar el ‘saber-cómo’ pero no nos puede dar el ‘saber-por qué’” (1960, p. 4). J.D. Bales anotó:
El método científico es incapaz de tratar con el reino del propósito. Puede tratar con las relaciones de la causa y el efecto; o como alguno diría, puede tratar con la sucesión de los eventos en el tiempo. No puede tratar con el “por qué” cuando uno usa el término “por qué” con referencia al propósito (1976, p. 37).
La ciencia trata con el mecanismo, no con el propósito. “Por qué”—concerniente al propósito—no es una pregunta con la cual la ciencia esté equipada para responder.
Las Ciencias Formales, Las Ciencias Naturales y Las Ciencias Sociales
Clasificaciones fundamentales
Dilthey considera inapropiado el modelo epistemológico de las «Naturwissenschaften», esto es el método científico que toma como modelo de ciencia la Física aplicada a las llamadas «ciencias naturales», cuando se aplica a otros saberes que atañen al hombre y a la sociedad. Propone por ello un modelo completamente diferente para las «Geisteswissenschaften», «ciencias humanas» o «ciencias del espíritu», e.g., filosofía, psicología, historia, filología, sociología, etc.
Si para las primeras el objetivo último es la explicación, basada en la relación causa/efecto y en la elaboración de teorías descriptivas de los fenómenos, para estas últimas se trata de la comprensión de los fenómenos humanos y sociales.
| Esquema de clasificación planteado por el epistemólogo alemán Rudolf Carnap (1955): | |
| Ciencias formales | Estudian las formas válidas de inferencia: lógica - matemática. No tienen contenido concreto; es un contenido formal, en contraposición al resto de las ciencias fácticas o empíricas. |
| Ciencias naturales | Son aquellas disciplinas científicas que tienen por objeto el estudio de la naturaleza: astronomía, biología, física, geología, química, geografía física y otras. |
| Ciencias sociales | Son aquellas disciplinas que se ocupan de los aspectos del ser humano —cultura y sociedad—. El método depende particularmente de cada disciplina: administración, antropología, ciencia política, demografía, economía, derecho, historia, psicología, sociología, geografía humana, trabajo social y otras. |
Mario Bunge (1972) considera el criterio de clasificación de la ciencia en función del enfoque que se da al conocimiento científico: por un lado, el estudio de los procesos naturales o sociales (el estudio de los hechos) y, por el otro, el estudio de procesos puramente lógicos (el estudio de las formas generales del pensar humano racional), es decir, postuló la existencia de una ciencia factual (o ciencia fáctica) y unaciencia formal.
Las ciencias factuales se encargan de estudiar hechos auxiliándose de la observación y la experimentación. La física, la psicología y la sociología son ciencias factuales porque se refieren a hechos que se supone ocurren en la realidad y, por consiguiente, tienen que apelar al examen de la evidencia científica empírica.7
La ciencia experimental se ocupa del estudio del mundo natural. Por mundo natural se ha de entender todo lo que pueda ser supuesto, detectado o medido a partir de la experiencia. En su trabajo de investigación, los científicos se ajustan a un cierto método, un método científico general y un método específico al campo concreto y a los medios de investigación.
La llamada «ciencia aplicada» consiste en la aplicación del conocimiento científico teórico (la llamada ciencia «básica» o «teórica») a las necesidades humanas y al desarrollo tecnológico. Es por eso que es muy común encontrar, como término, la expresión «ciencia y tecnología».
Las ciencias formales, en cambio, crean su propio objeto de estudio; su método de trabajo es puro juego de la lógica, en cuanto formas del pensar racional humano, en sus variantes: la lógica y lasmatemáticas.En la tabla que sigue se establecen algunos criterios para su distinción:8
Apoyo Psicologico
Ediciones Destino ha sacado hoy a la venta «Lo que nos pasa por dentro», el nuevo libro de Eduard Punset. Esta nueva obra constituye una completa incursión por las estancias más íntimas de la condición humana porque saber cómo somos es la llave maestra para entender lo que nos pasa por dentro y aprender a manejarnos por fuera.
La ciencia ha hecho pasos de gigante en las últimas décadas para conocer a fondo los aspectos más ocultos del ser humano. Avances que Eduard Punset ha seguido de cerca gracias a su insaciable curiosidad, y que ahora reúne en el volumen Lo que nos pasa por dentro, un compendio de reflexiones, sabiduría, respuestas y sobre todo interrogantes ante la aventura más fascinante: la vida.
Resulta que más de un 25 por ciento de la gente está angustiada por la tristeza, el estrés y la soledad. Son unos diez millones de personas, sólo en España, que se encuentran mal porque se sienten tristes, estresadas y solas. «Ofende a la inteligencia sabernos seres sociales, tal y como nos percibimos, y que continuemos teniendo tantos conflictos por el hecho de convivir juntos y no saber gestionar nuestras emociones.» Y, sin embargo, la inmensa mayoría de las dudas y quejas que aparecen en este libro se pueden resumir en dos: nuestro miedo a cambiar y nuestra resistencia a entender cómo es el otro y cómo funcionamos nosotros por dentro.
Punset pretende con este libro aportar un mensaje de esperanza: «la tristeza, el abatimiento y la sensación de pérdida de rumbo que asola a tanta gente, pero que no son atendidos por los servicios sanitarios actuales, tiene arreglo si aprendemos a mirar cómo somos por dentro. De nosotros depende poner las bases para ser felices.» Con ese fin, Punset descifra la rosa de los vientos emocional del ser humano, a la luz de lo que dice la ciencia y lo que confirman la experiencia de cientos y cientos de casos reales.
Un millon de vidas al descubierto
«Lo que nos pasa por dentro» hace un análisis de nuestra realidad, a partir de las nueve grandes etapas de nuestra existencia, afronta los grandes retos de la vida, y busca herramientas de futuro. Es un libro de cabecera, una guía para nuestro día a día, escrita con el optimismo que caracteriza a Eduard Punset , pero también con rigurosidad, curiosidad ante todo lo nuevo y una amplia visión de lo que es la ciencia.
Las siempre lúcidas reflexiones del Eduardo Punset, vienen acompañadas de decenas de consultas atendidas en los últimos dos años por el equipo de profesionales de Apoyo Psicológico Online de la Fundación Eduardo Punset. Sus respuestas son muy clarificadoras pero son aún más reveladoras las preguntas de las personas afectadas ya que nos muestran las dolencias e inquietudes de la población y extraen las primeras conclusiones sobre los sentimientos de nuestra sociedad, hoy día desatendidos.
A modo de conclusión Punset apunta que las dudas y quejas del libro se pueden resumir en dos: «Nuestro miedo a cambiar y nuestra resistencia a entender cómo es el otro y cómo funcionamos por dentro».
martes, 25 de septiembre de 2012
1/3 ^`a la -2
1tercio elevado a la menos 2 resolver
- hace 5 años
- Denunciar abuso
Mejor respuesta - elegida por los votantes
Ahi te va:
( 1 / 3 ) ^(-2) = (1)^(-2) / 3^(-2) movemos las potencias con exponente negativo, para que su exponente cambie de signo:
3^(2) / (1)^(2) simplificando: 9 / 1 = 9 listo!
( 1 / 3 ) ^(-2) = (1)^(-2) / 3^(-2) movemos las potencias con exponente negativo, para que su exponente cambie de signo:
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KANT, TEÓRICO DE LA ILUSTRACIÓN
KANT, TEÓRICO DE LA ILUSTRACIÓN
El siglo XVIII fue, definitivamente, un siglo de cambios, tanto en el ámbito social como económico y político, por lo que la cultura y el pensamiento se vieron profundamente afectados.
Este siglo empezó con una crisis económica, provocada en primer lugar por una revolución demográfica que se acentuó a partir de 1750. En algunas regiones del continente, las que luego resultarían ser las más desarrolladas, se produjo simultáneamente una revolución agrícola y también industrial, aunque la industria no había penetrado todavía en las ciudades. La estructura social del Antiguo Régimen (división en tres estamentos: nobleza, clero y tercer estado) sufrió, de la misma forma, una serie de transformaciones. La aristocracia monopolizaba los altos cargos de las instituciones principales (Estado, Iglesia y Ejército), al tiempo que gozaba de una serie de privilegios. Apareció una nueva clase social que poseía el poder económico: la burguesía, cuyos miembros, ansiosos por disfrutar de los privilegios aristocráticos y debido a la falta de conciencia de clase, comprarán títulos nobiliarios, adquiriendo cargos y provocando la apertura de los estamentos. En el plano político, la monarquía absolutista será, como ya había anunciado Francia en el S. XVII, la que se tome como modelo, tras el fracaso de la monarquía autoritaria. Las grandes potencias europeas son de nuevo Gran Bretaña y Francia, a las que se unirán Prusia y Rusia. La independencia de las colonias americanas tendrá lugar, del mismo modo, en el S. XVIII, con la cual despertarán los sentimientos independentistas de liberación en Europa.
En el seno de todos estos acontecimientos se desarrolla una nueva corriente que rige y explica lo ocurrido durante el llamado Siglo de las luces: la Ilustración. La Ilustración es el factor determinante de la nueva sociedad que penetrará en todos los ámbitos. Su base está en la razón entendida como la fuerza del espíritu, el progreso como enriquecimiento del saber y dará también origen a una experiencia política reformista: el despotismo ilustrado. Es también la época del desarrollo del criticismo: aparece el pensamiento crítico que pone en peligro el valor de la tradición y el peso de la Iglesia, Pone en duda el antiguo Régimen(sólo lo que tiene sentido es válido).
Esta nueva cultura tuvo su origen en Inglaterra, propiciada por una especial situación política, social y económica (rev. Industrial, etc.). Podríamos decir que Locke y Newton tuvieron bastante que ver en ello: sus métodos (empirismo y método analítico) van a ser aceptados por la mayoría de los ilustrados. Esta forma de pensar se transmitirá luego a Francia, adaptando muchas de estas ideas. Sin embargo un toque especial de los ilustrados franceses hará que esta corriente cobre más importancia en su país que en las islas británicas: la situación del país era mucho peor en cuanto a tolerancia, economía, la posición de la Iglesia Católica… Por lo tanto en Francia
reelaborarán las doctrinas comenzadas por los ingleses imprimiéndoles mayor carácter y agresividad, además de introducir el tema de la historia en las doctrinas que habían adoptado.
Sus filósofos serán los más importantes de la época, junto con Kant.
Luego la Ilustración se extenderá por todo el continente, gracias a la acción de Francia, (que convierte así su idioma en el de las minorías intelectuales).
Siguiendo todos los pasos anteriores, este movimiento llega finalmente a Alemania, donde tendrá mucha menos importancia. Será cultivado especialmente por:
a) Wolff, continuador de Leibniz que creó una metafísica matemático-racionalista de poco valor.
Federico II de Prusia, amigo de Voltaire que favoreció a la entrada de las ideas ilustradas en el país procedentes de Francia e Inglaterra. Fue un déspota ilustrado. En el momento de su reinado la nobleza alemana es prácticamente iletrada y la burguesía no tiene una gran importancia como clase social. De acuerdo con la política característica de la ilustración, el rey (ilustrado) tiene clara la Reforma que quiere hacer en la sociedad, pero el pueblo no está preparado para ella. El despotismo ilustrado es la fórmula que consiste en utilizar el poder de la monarquía absoluta para llevar a cabo el programa de la Ilustración: los cambios están planificados desde arriba, desde el poder. En este caso Federico II, el rey, será quien promueva la cultura y favorezca las ideas ilustradas para una organización racional del Estado. En general, los déspotas de la Ilustración promoverán la reforma de la educación mediante la creación de nuevas instituciones docentes liberadas de tradiciones estamentales, y la elaboración de planes de estudios que desplacen la escolástica en beneficio de las “ciencias útiles” (Matemáticas, Física,…). Federico II era filósofo y en su corte estaban La Mettrie y Voltaire -temporalmente-. Difundió la ciencia de Newton y llamó a varios filósofos franceses para reorganizar la Academia de Berlín.
el deísmo, que intenta constituir una religión natural o racional, antidogmática.
y por último Kant, probablemente el filósofo más brillante del siglo, que desarrolló todos los temas característicos de la Ilustración, por lo que es totalmente legítimo considerarle uno de sus máximos representantes.
Estos temas acerca de los cuales se interrogaban los ilustrados eran:
a) La razón.
La Ilustración trajo consigo una nueva forma de racionalidad, en clara oposición con la cartesiana: rechaza esta razón sintética, deductiva (a partir de principios generales considerados ideas innatas) y sistemática, para inclinarse por larazón empírica y analítica, inspirada en Newton y Locke. Ahora la sensación es el origen de todo conocimiento, es decir, no existen unas ideas innatas de las que pueda deducirse todo. La razón ya no implica posesión de verdad; se convierte en una búsqueda que no puede ser acabada. El método analítico, como comentaría D'Alembert, sometería todo a su juicio y análisis: “Todo ha sido discutido, analizado, removido, desde los principios de las ciencias hasta los fundamentos de la religión revelada …”.
Destaca como una característica del Siglo de las Luces el desarrollo del pensamiento crítico (razón crítica): desde los empiristas ingleses hasta las Críticas de Kant, pasando por los filósofos de Francia, todos ellos presentan una clara actitud crítica, que se centra fundamentalmente en dos focos:
- Crítica de la propia razón: Los ilustrados se preguntan qué es lo que podemos conocer, es decir, intentan fijar los límites del conocimiento humano. Este interrogante no se lo habían planteado los racionalistas, que habían aceptado dogmáticamente el poder ilimitado de la razón. Por otra parte, los empiristas habían limitado este conocimiento al de la experiencia sensible. La propuesta ilustrada es la siguiente: la sensación es el límite del conocimiento.
- Crítica de la tradición: Los ilustrados consideran la tradición llena de errores y supersticiones, y arremeten contra las instituciones: religión, Iglesia, sociedad, Estado, educación, derecho, … Esta crítica puede apreciarse claramente en el texto de Kant, donde hay una crítica constante a varias instituciones, pero en especial a la Iglesia. En primer lugar habría que señalar lo que era la ilustración para Kant: “La ilustración es la liberación del hombre de su culpable incapacidad”. Para él, la tradición coarta la libertad del individuo para formarse a sí mismo, al proveerlo con “tutores” que le indican el camino que debe seguir: una determinada religión, obediencia a alguien concreto, etc. El camino recto del hombre sería aprender su propio camino independiente de otros aunque esto conllevara al principio recibir una serie de golpes. Que la gente se ilustre, se forme a sí misma es el principal objetivo de la ilustración. En estos días los hombres se resignan a depender de tutores por comodidad y pereza; en lugar de hacer uso de su propia razón toman la de otros, que aprovechan la ocasión para hacer que la situación continúe así: advierten de los peligros de la emancipación a los ciudadanos. La Iglesia constituye entonces uno de los mayores impedimentos en la realización de este proyecto. Kant ve en los acuerdos de las asociaciones eclesiásticas (de imposición de una religión sobre un territorio) la promesa de mantener una tutela permanente en cuanto a las creencias de los habitantes de un pueblo, es decir, decidir por ellos, no darles la posibilidad de elegir, y por lo tanto coartar la libertad. Esto iría en contra de la ilustración y marcaría a generaciones posteriores que se verían obligadas a depurar su conocimiento. Está, claramente, en contra de la tradición, al considerarla en contra de la libertad individual. Propone una solución, y para ello define los términos siguientes que utilizará posteriormente: El uso público de su razón es disfrutar de la libertad ilimitada que le permite servirse de su propia razón y hablar en nombre propio; aquel que en calidad de maestro puede hacerse de la propia razón ante el a los bienes públicos. Ej. Un hombre no puede negarse a pagar los impuestos (en contra del bien público ya que provocaría una resistencia general) pero es libre y debe expresarse contra el pago públicamente en calidad de experto. Un cura debe expresar sus opiniones en contra de la doctrina si las tiene o las propuestas de reforma, aunque también debe cumplir con su trabajo. Uso privado es aquel que se puede hacer en calidad de funcionario. Por lo tanto lo que busca Kant es el derecho a hacer uso público de la razón.
La razón autónoma es la razón, aunque dentro de los límites que se han propuesto, aquello por lo que el hombre debe guiarse. Se ha rechazado la guía de la tradición, la tutela que ciertas tradiciones imponían y que causaban un tremendo daño generacional. La religión ya no influye ahora en la razón individual ni en su uso, sino que la razón es la que juzga sobre el valor de la religión. Ha superado su mayoría de edad, es independiente o autónoma. El hombre puede llegar a servirse de su propio entendimiento sin la ayuda de otros que le inculquen sus propias ideas.
La naturaleza.
Aunque la razón es independiente necesita recurrir ya no a una tutela, sino a la naturaleza. Los ilustrados no creen que sea necesario hablar de Dios para explicar el mundo, por lo que el mundo es independiente del concepto de Dios para la mayoría de los filósofos (aunque Newton sí recurría a él). La naturaleza a la que acuden para explicar el mundo es:
- Materialismo: Concepción mecanicista de la naturaleza que viene de considerar que el mundo se comporta conforme a unas leyes necesarias que rigen movimientos debidos a causas físicas. Es decir, se concibe el mundo como una máquina. Esta de be ser la única guía del hombre, y no la religión, que sustituye a la naturaleza por Dios. La Mettrie: El hombre máquina. Es posible encontrar una referencia en el texto a este tipo de concepción: Kant afirma que el hombre es algo más que una máquina, y, por lo tanto, necesita un trato digno.
- Naturalismo: Introduce en el concepto de naturaleza no sólo movimientos como en el anterior sino también fuerzas, que pueden ser no mecánicas, es decir, vivas.
El progreso.
Al realizar los ilustrados una recuperación del pasado con vistas a la crítica del mismo, era lógico que no pudieran negar que se había producido una evolución desde entonces y a lo largo de la historia. Están convencidos de que la Humanidad está avanzando cada vez más hacia un mayor conocimiento de las cosas, y ven en la educación el modo de llevar adelante este progreso. Esta idea está en oposición con el mecanicismo e Descartes y Newton, que no podían concebir que este mundo fuera fruto de una evolución: Dios había creado el universo en su situación actual y lo seguía conservando inalterablemente. También en la Antigüedad se había tenido una concepción de la historia circular, lo que implicaba el retorno a las mismas situaciones una y otra vez.
Pero tanto el deísmo como el ateísmo negaban la existencia de Dios, por lo que el progreso se convertía en el resultado de las leyes inmanentes de la naturaleza.
La sociedad.
Los ilustrados franceses, tomando como modelo la Constitución inglesa, emitirán distintas teorías políticas, entre las cuales destacan la obra de Montesquieu (que proponía la separación de los tres poderes, descentralización, etc), y Rousseau, frente al conservadurismo de la mayoría de los ilustrados. Kant poseía una teoría pacifista al respecto.
En el texto Kant propone, como explicamos antes, que el ciudadano disponga del uso público de la razón. En el ámbito de la sociedad, esto implicaría una mayor colaboración con el planteamiento social del Estado, ya que se le permite expresar su criticismo referido a diversos asuntos. Dice que se dedica en especial a nombrar la emancipación de la tutela religiosa porque es la más funesta y deshonrosa y en la que más empeño se ha puesto a lo largo de la historia en cuanto a su imposición. Para el ejemplo de la Iglesia Kant dice lo siguiente: su presencia tendría lugar y competencia siempre que los curas pudieran someter la doctrina a crítica públicamente, es decir, hacer uso público de la razón, y decir en que punto creía que flaqueaba. Lo mismo deberían hacer los feligreses. Luego, democráticamente, se elegiría otro sistema de reforma de acuerdo con estos votos, y se daría libertad para continuar con prácticas anteriores. Está, por lo tanto, en contra de una constitución religiosa inamovible, o la uniformidad religiosa, la cual sería especialmente negativa para generaciones posteriores. Kant es consciente de que no vive en una época ilustrada, sino de ilustración. El hombre está lejos de servirse de la razón en materia de religión. Pero poco a poco se van produciendo avances: estamos en la época de Federico II de Prusia, al que Kant admiraba, por lo que se deduce de sus palabras en el texto. Luego pasa a hacer ciertas consideraciones directamente sobre el Estado. Crítica el despotismo de un solo monarca. Lo que un pueblo no ha sido capaz de acordar por sí mismo, menos podrá hacerlo un monarca en nombre de este, ya que la tiranía supone asumir la voluntad entera del pueblo en la suya. También cree que el rey no debe inmiscuirse en los credos de los súbditos y lo que hagan por salvar sus almas sino ocuparse de que se permitan unos a otros elegir su propio camino. No debe prohibir tampoco escritos donde se manifiesten sus creencias (no debe ni creer su opinión la mejor ni imponer la de unos pocos). Esto es probablemente una referencia a la lista de obras que se prohibieron en la época por el efecto que se creía que podían causar en la población por aquel tiempo. Esta clandestinidad le daba incluso más auge al tipo de pensamiento que defendían.
El ideal al que Kant desea llegar, la cabeza de Estado, es el Príncipe ilustrado: aquel que reconoce como un deber dejar a sus súbditos en perfecta libertad de razonamiento, es decir, rompe las ligaduras de la tutela. Una sociedad donde todo pueda se tratado por la razón sin reservas, donde los clérigos puedan bajo su mandato exponer a juicio la creencia reconocida, al igual que el resto de la gente, y también donde los ciudadanos puedan expresar su opinión acerca de la legislación (haciendo uso público de su razón), y cualquier otro tema. Pero Kant encuentra asimismo un inconveniente a la aplicación de este ideal; el problema de ampliar y extender este librepensamiento en una sociedad es que suele venir seguido por una libertad de obrar , cuya regulación será tratada en la Crítica de la Razón Práctica
¿Qué es la ilustración? - Emmanuel Kant
¿Qué es la ilustración? - Emmanuel Kant
La ilustración es la salida del hombre de su minoría de edad...
. El mismo es culpable de ella. La minoría de edad estriba en la incapacidad de servirse del propio entendimiento, sin la dirección de otro. Uno mismo es culpable de esta minoría de edad cuando la causa de ella no yace en un defecto del entendimiento, sino en la falta de decisión y ánimo para servirse con independencia de él, sin la conducción de otro. ¡Sapere aude! ¡Ten valor de servirte de tu propio entendimiento! He aquí la divisa de la ilustración.
La mayoría de los hombres, a pesar de que la naturaleza los ha librado desde tiempo atrás de conducción ajena (naturaliter maiorennes), permanecen con gusto bajo ella a lo largo de la vida, debido a la pereza y la cobardía. Por eso les es muy fácil a los otros erigirse en tutores. ¡Es tan cómodo ser menor de edad! Si tengo un libro que piensa por mí, un pastor que reemplaza mi conciencia moral, un médico que juzga acerca de mi dieta, y así sucesivamente, no necesitaré del propio esfuerzo. Con sólo poder pagar, no tengo necesidad de pensar: otro tomará mi puesto en tan fastidiosa tarea. Como la mayoría de los hombres (y entre ellos la totalidad del bello sexo) tienen por muy peligroso el paso a la mayoría de edad, fuera de ser penoso, aquellos tutores ya se han cuidado muy amablemente de tomar sobre sí semejante superintendencia. Después de haber atontado sus reses domesticadas, de modo que estas pacíficas criaturas no osan dar un solo paso fuera de las andaderas en que están metidas, les mostraron el riesgo que las amenaza si intentan marchar solas. Lo cierto es que ese riesgo no es tan grande, pues después de algunas caídas habrían aprendido a caminar; pero los ejemplos de esos accidentes por lo común producen timidez y espanto, y alejan todo ulterior intento de rehacer semejante experiencia.
Por tanto, a cada hombre individual le es difícil salir de la minoría de edad, casi convertida en naturaleza suya; inclusive, le ha cobrado afición. Por el momento es realmente incapaz de servirse del propio entendimiento, porque jamás se le deja hacer dicho ensayo. Los grillos que atan a la persistente minoría de edad están dados por reglamentos y fórmulas: instrumentos mecánicos de un uso racional, o mejor de un abuso de sus dotes naturales. Por no estar habituado a los movimientos libres, quien se desprenda de esos grillos quizá diera un inseguro salto por encima de alguna estrechísima zanja. Por eso, sólo son pocos los que, por esfuerzo del propio espíritu, logran salir de la minoría de edad y andar, sin embargo, con seguro paso.
Pero, en cambio, es posible que el público se ilustre a sí mismo, siempre que se le deje en libertad; incluso, casi es inevitable. En efecto, siempre se encontrarán algunos hombres que piensen por sí mismos, hasta entre los tutores instituidos por la confusa masa. Ellos, después de haber rechazado el yugo de la minoría de edad, ensancharán el espíritu de una estimación racional del propio valor y de la vocación que todo hombre tiene: la de pensar por sí mismo. Notemos en particular que con anterioridad los tutores habían puesto al público bajo ese yugo, estando después obligados a someterse al mismo. Tal cosa ocurre cuando algunos, por sí mismos incapaces de toda ilustración, los incitan a la sublevación: tan dañoso es inculcar prejuicios, ya que ellos terminan por vengarse de los que han sido sus autores o propagadores. Luego, el público puede alcanzar ilustración sólo lentamente. Quizá por una revolución sea posible producir la caída del despotismo personal o de alguna opresión interesada y ambiciosa; pero jamás se logrará por este camino la verdadera reforma del modo de pensar, sino que surgirán nuevos prejuicios que, como los antiguos, servirán de andaderas para la mayor parte de la masa, privada de pensamiento.
Sin embargo, para esa ilustración sólo se exige libertad y, por cierto, la más inofensiva de todas las que llevan tal nombre, a saber, la libertad de hacer un uso público de la propia razón, en cualquier dominio. Pero oigo exclamar por doquier: ¡no razones! El oficial dice: ¡no razones, adiéstrate! El financista: ¡no razones y paga! El pastor: ¡no razones, ten fe! (Un único señor dice en el mundo: ¡razonad todo lo que queráis y sobre lo que queráis, pero obedeced!) Por todos lados, pues, encontramos limitaciones de la libertad. Pero ¿cuál de ellas impide la ilustración y cuáles, por el contrario, la fomentan? He aquí mi respuesta: el uso público de la razón siempre debe ser libre, y es el único que puede producir la ilustración de los hombres. El uso privado, en cambio, ha de ser con frecuencia severamente limitado, sin que se obstaculice de un modo particular el progreso de la ilustración. Entiendo por uso público de la propia razón el que alguien hace de ella, en cuanto docto, y ante la totalidad del público del mundo de lectores. Llamo uso privado al empleo de la razón que se le permite al hombre dentro de un puesto civil o de una función que se le confía. Ahora bien, en muchas ocupaciones concernientes al interés de la comunidad son necesarios ciertos mecanismos, por medio de los cuales algunos de sus miembros se tienen que comportar de modo meramente pasivo, para que, mediante cierta unanimidad artificial, el gobierno los dirija hacia fines públicos, o al menos, para que se limite la destrucción de los mismos. Como es natural, en este caso no es permitido razonar, sino que se necesita obedecer. Pero en cuanto a esta parte de la máquina, se la considera miembro de una comunidad íntegra o, incluso, de la sociedad cosmopolita; en cuanto se la estima en su calidad de docto que, mediante escritos, se dirige a un público en sentido propio, puede razonar sobre todo, sin que por ello padezcan las ocupaciones que en parte le son asignadas en cuanto miembro pasivo. Así, por ejemplo, sería muy peligroso si un oficial, que debe obedecer al superior, se pusiera a argumentar en voz alta, estando de servicio, acerca de la conveniencia o inutilidad de la orden recibida. Tiene que obedecer. Pero no se le puede prohibir con justicia hacer observaciones, en cuanto docto, acerca de los defectos del servicio militar y presentarlas ante el juicio del público. El ciudadano no se puede negar a pagar los impuestos que le son asignados, tanto que una censura impertinente a esa carga, en el momento que deba pagarla, puede ser castigada por escandalosa (pues podría ocasionar resistencias generales). Pero, sin embargo, no actuará en contra del deber de un ciudadano si, como docto, manifiesta públicamente sus ideas acerca de la inconveniencia o injusticia de tales impuestos. De la misma manera, un sacerdote está obligado a enseñar a sus catecúmenos y a su comunidad según el símbolo de la Iglesia a que sirve, puesto que ha sido admitido en ella con esa condición. Pero, como docto, tiene plena libertad, y hasta la misión, de comunicar al público sus ideas cuidadosamente examinadas y bien intencionadas acerca de los defectos de ese símbolo; es decir, debe exponer al público las proposiciones relativas a un mejoramiento de las instituciones, referidas a la religión y a la Iglesia. En esto no hay nada que pueda provocar en él escrúpulos de conciencia. Presentará lo que enseña en virtud de su función en tanto conductor de la Iglesia como algo que no ha de enseñar con arbitraria libertad, y según sus propias opiniones, porque se ha comprometido a predicar de acuerdo con prescripciones y en nombre de una autoridad ajena. Dirá: nuestra Iglesia enseña esto o aquello, para lo cual se sirve de determinados argumentos. En tal ocasión deducirá todo lo que es útil para su comunidad de proposiciones a las que él mismo no se sometería con plena convicción; pero se ha comprometido a exponerlas, porque no es absolutamente imposible que en ellas se oculte cierta verdad que, al menos, no es en todos los casos contraria a la religión íntima. Si no creyese esto último, no podría conservar su función sin sentir los reproches de su conciencia moral, y tendría que renunciar. Luego el uso que un predicador hace de su razón ante la comunidad es meramente privado, puesto que dicha comunidad sólo constituye una reunión familiar, por amplia que sea. Con respecto a la misma, el sacerdote no es libre, ni tampoco debe serlo, puesto que ejecuta una orden que le es extraña. Como docto, en cambio, que habla mediante escritos al público, propiamente dicho, es decir, al mundo, el sacerdote gozará, dentro del uso público de su razón, de una ilimitada libertad para servirse de la misma y, de ese modo, para hablar en nombre propio. En efecto, pretender que los tutores del pueblo (en cuestiones espirituales) sean también menores de edad, constituye un absurdo capaz de desembocar en la eternización de la insensatez.
Pero una sociedad eclesiástica tal, un sínodo semejante de la Iglesia, es decir, una classis de reverendos (como la llaman los holandeses) ¿no podría acaso comprometerse y jurar sobre algún símbolo invariable que llevaría así a una incesante y suprema tutela sobre cada uno de sus miembros y, mediante ellos, sobre el pueblo? ¿De ese modo no lograría eternizarse? Digo que es absolutamente imposible. Semejante contrato, que excluiría para siempre toda ulterior ilustración del género humano es, en sí mismo, sin más nulo e inexistente, aunque fuera confirmado por el poder supremo, el congreso y los más solemnes tratados de paz. Una época no se puede obligar ni juramentar para poner a la siguiente en la condición de que le sea imposible ampliar sus conocimientos (sobre todo los muy urgentes), purificarlos de errores y, en general, promover la ilustración. Sería un crimen contra la naturaleza humana, cuya destinación originaria consiste, justamente, en ese progresar. La posteridad está plenamente justificada para rechazar aquellos decretos, aceptados de modo incompetente y criminal. La piedra de toque de todo lo que se puede decidir como ley para un pueblo yace en esta cuestión: ¿un pueblo podría imponerse a sí mismo semejante ley? Eso podría ocurrir si por así decirlo, tuviese la esperanza de alcanzar, en corto y determinado tiempo, una ley mejor, capaz de introducir cierta ordenación. Pero, al mismo tiempo, cada ciudadano, principalmente los sacerdotes, en calidad de doctos, debieran tener libertad de llevar sus observaciones públicamente, es decir, por escrito, acerca de los defectos de la actual institución. Mientras tanto hasta que la intelección de la cualidad de estos asuntos se hubiese extendido lo suficiente y estuviese confirmada, de tal modo que el acuerdo de su voces (aunque no la de todos) pudiera elevar ante el trono una propuesta para proteger las comunidades que se habían unido en una dirección modificada de la religión, según los conceptos propios de una comprensión más ilustrada, sin impedir que los que quieran permanecer fieles a la antigua lo hagan así mientras tanto, pues, perduraría el orden establecido. Pero constituye algo absolutamente prohibido unirse por una constitución religiosa inconmovible, que públicamente no debe ser puesta en duda por nadie, aunque más no fuese durante lo que dura la vida de un hombre, y que aniquila y torna infecundo un período del progreso de la humanidad hacia su perfeccionamiento, tornándose, incluso, nociva para la posteridad. Un hombre, con respecto a su propia persona y por cierto tiempo, puede dilatar la adquisición de una ilustración que está obligado a poseer; pero renunciar a ella, con relación a la propia persona, y con mayor razón aún con referencia a la posteridad, significa violar y pisotear los sagrados derechos de la humanidad. Pero lo que un pueblo no puede decidir por sí mismo, menos lo podrá hacer un monarca en nombre del mismo. En efecto, su autoridad legisladora se debe a que reúne en la suya la voluntad de todo el pueblo. Si el monarca se inquieta para que cualquier verdadero o presunto perfeccionamiento se concilie con el orden civil, podrá permitir que los súbditos hagan por sí mismos lo que consideran necesario para la salvación de sus almas. Se trata de algo que no le concierne; en cambio, le importará mucho evitar que unos a los otros se impidan con violencia trabajar, con toda la capacidad de que son capaces, por la determinación y fomento de dicha salvación. Inclusive se agravaría su majestad si se mezclase en estas cosas, sometiendo a inspección gubernamental los escritos con que los súbditos tratan de exponer sus pensamientos con pureza, salvo que lo hiciera convencido del propio y supremo dictamen intelectual con lo cual se prestaría al reproche Caesar non est supra grammaticos o que rebajara su poder supremo lo suficiente como para amparar dentro del Estado el despotismo clerical de algunos tiranos, ejercido sobre los restantes súbditos.
Luego, si se nos preguntara ¿vivimos ahora en una época ilustrada? responderíamos que no, pero sí en una época de ilustración. Todavía falta mucho para que la totalidad de los hombres, en su actual condición, sean capaces o estén en posición de servirse bien y con seguridad del propio entendimiento, sin acudir a extraña conducción. Sin embargo, ahora tienen el campo abierto para trabajar libremente por el logro de esa meta, y los obstáculos para una ilustración general, o para la salida de una culpable minoría de edad, son cada vez menores. Ya tenemos claros indicios de ello. Desde este punto de vista, nuestro tiempo es la época de la ilustración o "el siglo de Federico".
Un príncipe que no encuentra indigno de sí declarar que sostiene como deber no prescribir nada a los hombres en cuestiones de religión, sino que los deja en plena libertad y que, por tanto, rechaza al altivo nombre de tolerancia, es un príncipe ilustrado, y merece que el mundo y la posteridad lo ensalce con agradecimiento. Al menos desde el gobierno, fue el primero en sacar al género humano de la minoría de edad, dejando a cada uno en libertad para que se sirva de la propia razón en todo lo que concierne a cuestiones de conciencia moral. Bajo él, dignísimos clérigos sin perjuicio de sus deberes profesionales pueden someter al mundo, en su calidad de doctos, libre y públicamente, los juicios y opiniones que en ciertos puntos se apartan del símbolo aceptado. Tal libertad es aún mayor entre los que no están limitados por algún deber profesional. Este espíritu de libertad se extiende también exteriormente, alcanzando incluso los lugares en que debe luchar contra los obstáculos externos de un gobierno que equivoca sus obligaciones. Tal circunstancia constituye un claro ejemplo para este último, pues tratándose de la libertad, no debe haber la menor preocupación por la paz exterior y la solidaridad de la comunidad. Los hombres salen gradualmente del estado de rusticidad por propio trabajo, siempre que no se trate de mantenerlos artificiosamente en esa condición.
He puesto el punto principal de la ilustración es decir, del hecho por el cual el hombre sale de una minoría de edad de la que es culpable en la cuestión religiosa, porque para las artes y las ciencias los que dominan no tienen ningún interés en representar el papel de tutores de sus súbditos. Además, la minoría de edad en cuestiones religiosas es la que ofrece mayor peligro: también es la más deshonrosa. Pero el modo de pensar de un jefe de Estado que favorece esa libertad llega todavía más lejos y comprende que, en lo referente a la legislación, no es peligroso permitir que los súbditos hagan un uso público de la propia razón y expongan públicamente al mundo los pensamientos relativos a una concepción más perfecta de esa legislación, la que puede incluir una franca crítica a la existente. También en esto damos un brillante ejemplo, pues ningún monarca se anticipó al que nosotros honramos.
Pero sólo alguien que por estar ilustrado no teme las sombras y, al mismo tiempo, dispone de un ejército numeroso y disciplinado, que les garantiza a los ciudadanos una paz interior, sólo él podrá decir algo que no es lícito en un Estado libre: ¡razonad tanto como queráis y sobre lo que queráis, pero obedeced! Se muestra aquí una extraña y no esperada marcha de las cosas humanas; pero si la contemplamos en la amplitud de su trayectoria, todo es en ella paradójico. Un mayor grado de libertad civil parecería ventajoso para la libertad del espíritu del pueblo y, sin embargo, le fija límites infranqueables. Un grado menor, en cambio, le procura espacio para la extensión de todos sus poderes. Una vez que la Naturaleza, bajo esta dura cáscara, ha desarrollado la semilla que cuida con extrema ternura, es decir, la inclinación y disposición al libre pensamiento, ese hecho repercute gradualmente sobre el modo de sentir del pueblo (con lo cual éste va siendo poco a poco más capaz de una libertad de obrar) y hasta en los principios de gobierno, que encuentra como provechoso tratar al hombre conforme a su dignidad, puesto que es algo más que una máquina.
Emmanuel Kant
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